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Relatos
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1989, un año de F1 con Luis Perez Sala - Capitulo 8 Mirando al futuro EL Gran Premio de Japón es una carrera muy especial. El circuito está ubicado en un inmenso parque de atracciones, donde también hay un hotel en el que nos quedamos todos los pilotos. Es una de las pocas carreras en que hay algo de convivencia entre nosotros, lo que sirve para conocer un poco mejor las manías y compañías de cada uno. Desde que llegas allí la principal obsesión es no caer en manos de las numerosas nubes de tiffosi que te abordan en cada esquina. Te reconocen incluso cuando vas sobre la moto que Honda pone a disposición de cada piloto para moverse por el parque y el circuito. Vayas por donde vayas, en moto, andando, “vestido de luces” o de paisano, siempre oyes a tu alrededor un murmullo — “Sala-san” (señor Sala, en español)— que te persigue. Miles de personas duermen a las puertas del circuito para ocupar al día siguiente los mejores sitios, y muchos son los que se quedaron sin entrar este año al Gran Premio porque no había sitio material para todos. La fiebre de la Fórmula 1 rompe todos los esquemas en Japón, y Nakajima y Suzuki (Aguri) son héroes nacionales, con sus propias marcas de ropa, spots en televisión anunciando los productos más dispares... Y eso sin obtener buenos resultados (Suzuki no se ha clasificado en ningún G.P. esta temporada). La pasión por la categoría reina es increíble. Uno de los días me reconocieron cuando entraba en un restaurante, y con una educación exquisita estuvieron esperándome en la puerta para pedirme un autógrafo, intentar hacerme una foto y, sobre todo, darme la mano, que es su gran obsesión y lo que menos me gusta, pues paso de ir dándosela a cada tiffosi que te encuentras. Otro día reconocieron mi moto en la puerta del bungalow, ¡a las 8.00 a.m.! había cola esperando. Era increíble. Además, a diferencia de los tiffosi italianos, los japoneses admiran a cualquier piloto por el solo hecho de estar en Fórmula 1, en vez de mitificar sólo a los que ganan. A Adrián Campos le seguían parando todavía por la calle para pedirle autógrafos y saludarle. Por lo demás, el G.P. de Japón no tuvo demasiada historia para mí. Mi compañero de equipo en esta ocasión fue Barilla, ya que Martini todavía no tenía curadas sus costillas. Yo tuve un fin de semana muy accidentado, sobre todo en éntrenos, en los que sufrí muchos problemas mecánicos y dos salidas de pista, ambas, cada día, en mi mejor vuelta. Con todo me coloqué decimocuarto en parrilla, que no está nada mal, pero no quedé muy contento, pues si las cosas hubieran ido bien creo que me hubiera colocado al menos entre los diez primeros. En la primera tanda libre fui séptimo, y en la oficial decimoprimero. Para la carrera, las cosas se presentaban más difíciles, pues las Pirelli no parecía tan competitivas en esas condiciones. Sin embargo, no tuve tiempo de comprobarlo, pues en la primera vuelta había pasado a Brundle y Nakajima, y éste último, que iba desmelenado como un auténtico kamikaze, me echó fuera en una curva rápida, y el coche no volvió a arrancar. Hasta Australia nos desplazamos pronto. Nada menos que catorce pilotos coincidimos en el mismo sitio para tomar unos días de descanso. La que se montó en el hotel de Port Douglas, en el que nos quedábamos todos, fue inimaginable. Rápidamente empezamos a organizar competiciones, a todas horas. Salíamos a hacer footing, y a los diez minutos estábamos en medio de una carrera a muerte, a ver quién era el último en pararse, aunque fuera con el estómago en la boca. En uno de los piques me quedé solo con Prost, y acabamos en tablas. La verdad es que me sorprendió la buena forma de todos. Por lo demás, las timbas de cartas, ajedrez, etc., eran frecuentes, y todos demostramos ser bastante pardillos. Uno de los días fuimos en un catamarán gigante a pasar la jornada en una isla desierta. Cuando volvíamos nos encontramos con un equipo de la televisión australiana, que llevaba todo el día buscándonos, y que estuvo a punto de naufragar después de que Capelli y Berger empezaran una guerra de tomates —que fue seguida por todos— contra ellos. Al final, la mayor obsesión era que no te tiraran por la borda cada vez que te subías a algo que flotaba La verdad es que pasamos unos días muy divertidos. El miércoles anterior a la carrera me fui a Adelaida con Capelli, muy descansado, y bastante animado sobre todo. Es uno de mis circuitos preferidos, pero las cosas el viernes no empezaron bien. Aunque no tuve averías mecánicas, el coche se mostraba muy nervioso, y no tenía adherencia, lo que me impidió pasar del vigésimo quinto puesto en la primera sesión. Empecé a ver la clasificación “en globo”, y en los libres probé todo tipo de reglajes, sin mejorar, así que tuve que volver al principio, y me quedé fuera de parrilla en la segunda tanda oficial. A pesar de este último mal trago, no estoy descontento. En estos dos años con Minardi he recolectado mucha experiencia y he aprendido mucho, como espero poder demostrar en un futuro. Ahora, lo que haremos será concentrarnos para el año que viene, y estudiar detenidamente todas las propuestas que tenemos para seguir en la F-1. Lo que sí tengo claro es que no vamos a continuar en Minardi. Estoy muy satisfecho de estos dos años de colaboración, pero creo que ha llegado el momento del cambio. Esperemos que haya suerte y acertemos en la decisión. Podéis estar seguros de que nos decidiremos, como siempre, por aquella opción más interesante deportivamente hablando.
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