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Relatos
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1989, un año de F1 con Luis Perez Sala - Capitulo 3 Sin desaliento Después de Mónaco tuve la ocasión de probar el coche nuevo en Paul Ricard. Mi primera impresión fue buena, pero ya empecé a atisbar los problemas físicos que después he sufrido en América. Cuando salimos hacia Méjico el ambiente era muy bueno. Todos estábamos muy contentos de poder empezar a trabajar con el nuevo Minardi. Durante los días previos a la carrera mejicana, los mecánicos se pegaron verdaderas palizas, trabajando una media de diecinueve horas diarias para retocar los últimos detalles en los coches. El jueves, después de ir a la televisión mejicana, me dediqué todo el día a hacer el nuevo asiento, operación en la que se suelen emplear tan sólo dos horas, y a la que tuvimos que dedicar ¡nueve! Para dar una idea de lo justo que iba dentro del cockpit, basta decir que tuvimos que hacer el asiento en seis partes: hombros, espalda, cintura, etc. Luego las unimos. Era imposible hacerlo de otra forma. Fue todo un récord. En los entrenamientos del viernes y el sábado tuvimos bastantes problemas, entre los que destacaban los de refrigeración. Además, el M189 resultaba notablemente más rígido que el chasis anterior, y había que utilizar reglajes de suspensión más blandos. Lo pasé bastante mal rodando, ya que con los baches se me nublaba la vista y perdía la visión. Al terminar las sesiones tenía insoportables dolores de cabeza, a los que había que sumar los del resto del cuerpo, pues mi posición al volante era de lo más incómoda. Iba encogido, golpeando con los hombros en los laterales y con las rodillas en el arco de seguridad delantero. No podía casi ni respirar, al no llevar el cuello recto, y me hacía daño en la columna. Un auténtico “placer”. Con la decepción que supuso el no clasificarme en Méjico, partí hacia Phoenix, donde tuve ocasión de comprobar que todo lo que me habían dicho sobre el calor de Arizona era verdad. Es un calor seco, que se aguanta mejor que en los sitios húmedos, porque parece que no sudas. Sin embargo, sudas igual, lo que pasa es que el sudor se evapora inmediatamente, y si no bebes un par de litros como mínimo al día, corres el peligro de deshidratarte. Mi compañero inseparable en este Gran Premio fue, de esta forma, un botellín de ciclista, con agua y sales minerales. Lo llenaba tres veces al día para beber continuamente. Los sinsabores de Méjico estaban olvidados. Me preocupaba, claro está, conseguir alcanzar una posición de conducción mejor, por eso, el jueves a las 8,30 de la mañana estaba a pie de pista, dispuesto a meter horas para tal menester. Modificando nuevamente el asiento, logré que dejara de hacerme daño en la columna, y con unas hombreras de las que usan las mujeres me hice un invento para los hombros. También pude poner el volante un poco más lejos, pero a un precio muy caro, ya que para ello tuve que prescindir del cuadro de instrumentos, lo que más tarde me obligó, entre otras cosas, a cambiar “a oído” y a elegir las relaciones de cambio también de esta forma, en un circuito en el que no teníamos ninguna referencia al no haber corrido nadie nunca en Phoenix. Muy divertido. De todas formas, a pesar de todo, esta vez las cosas salieron mejor. En éntrenos pudimos trabajar bastante sobre los coches, y aunque las rodillas me golpeaban aún en el arco, provocándome incluso heridas, pude clasificarme holgadamente para la carrera. Fue una experiencia francamente “excitante”, pues además los neumáticos de clasificación, con el fuerte calor, no llegaban a aguantar ni dos vueltas, por lo que las últimas curvas de las vueltas buenas las dábamos vendidos. Para la carrera decidí tomármelo con calma, para intentar acabar. Los problemas de temperatura eran impresionantes, hasta el punto de obligarnos a utilizar hielo seco sobre los radiadores en los éntrenos oficiales. Para carrera esta solución no valía, así que sacrifiqué todo para intentar evitar calentones de motor. Sin embargo, no fue suficiente, y me quedé tirado en la vuelta 49, a pesar de haber ido mimando la mecánica como nunca. En aquel momento iba recuperando terreno, decimocuarto, por detrás de Boutsen. Está claro que en la Fórmula 1 no te regalan nada, y a mí particularmente me está costando sufrir mucho, pero estoy seguro de que la suerte me cambiará pronto. Antes de ir a Montreal, como no daba tiempo a volver a Europa, Martini y yo nos tomamos unos días de relax, visitando el Gran Cañón del Colorado y haciendo algo de turismo por Arizona. Pasamos unos días muy agradables, jugando al golf, haciendo preparación física y cambiando impresiones sobre el nuevo monoplaza. Una vez en Montreal pude dedicarme más tranquilamente a mejorar mi puesto de conducción, tema que me obsesionaba bastante. Me cambiaron los pedales, el asiento, y me adelantaron la palanca de cambios para no tener que llevar el brazo tan encogido. La verdad es que el viernes, cuando cogí el coche en los éntrenos libres, me llevé una gran alegría; por primera vez me subía en el M189 sin sufrir molestias ni dolores, sin que fuera un calvario conducir. Aunque en el apartado técnico las cosas no fueron tan bien, logré clasificarme con tranquilidad, después de trabajar muy duro en los entrenamientos. Mi coche sufría unos misteriosos males que también se solucionaron misteriosamente, ya que no respondía a los reglajes, y cuando lo hacía era de forma sorprendente y opuesta a lo que esperábamos. El domingo amaneció lloviendo, por lo que empleé el Warm-up en conseguir un equilibrio aerodinámico ideal para estas condiciones. Para la carrera el tiempo era imprevisible, así que decidimos utilizar unos reglajes mixtos que sirvieran para seco y para agua. El único problema eran los neumáticos. Para la salida monté gomas de agua, pero cuando ésta se suspendió, había visto en la vuelta de reconocimiento que la pista se estaba secando rápidamente. Por eso, aun a costa de salir desde boxes, me incliné por montar los slicks. Creo que acerté, porque en pocas vueltas conseguí colocarme séptimo, por delante de Boutsen. Sin embargo, sabía que tendría que entrar tarde o temprano a box a poner gomas de agua, pues estaba comenzando a llover otra vez, —aunque de forma intermitente— lo que me ponía en situaciones críticas en algunas zonas del circuito. Cuando iba peleando con Caffi, dimos alcance a Moreno, y al doblarle me salí de la trayectoria seca, el coche se fue y me di contra el guardarraíl. Un auténtico gafe, pues mi estrategia había sido acertada, y tal como se desenvolvían las cosas podía haber hecho el resultado de mi vida. Habrá que esperar otra ocasión sin perder el ánimo.
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